Está bien. Te lo contaré. Pero después de que lo haga, no quiero volver a hablar del tema, como si nunca lo hubieras oído. ¿De acuerdo?.
Intentaré escribirlo rápido para que duela lo menos posible, tanto para escribirlo como para leerlo.
Así que te ahorraré los detalles de cómo acabé aquella hermosa tarde de primavera, donde se supone que todo debía ser maravilloso, corriendo desesperadamente con la cara enrojecida por el llanto y la vergüenza y tres billetes en mi bolsillo en lugar de mi corazón.
Corría sin cesar y no recuerdo el esfuerzo, solo la necesidad de huir a alguna parte. A alguna parte. ¿A qué parte?.
Al llegar a una esquina me detuve. Jadeaba, y supongo que no podia pensar con claridad, así que sin más, entré.
Era la casa de Santi. subí los tres pisos y llegué a la puerta. Solo que ya no estaba Santi. Yo lo sabía por supuesto. ¡Todo el mundo lo sabía!. Pero no se, esperaba quizá un milagro. Como si por casualidad Santi hubiera vuelto a algo, o si tal vez, alguien hubiese ocupado ahora su lugar, y tuviera la puerta abierta a todo aquel que necesitara algo.
Yo necesitaba algo.
Llamé a la puerta haciendo mucho ruido. Pero nadie contestó.
Estaba tan cerrada que hasta el silencio hacía ruido.
Insistí, y en su lugar, un vecino, con cara de enfado abrió su puerta.
-¿A quien buscas?
-A Santi- dije con voz inocente, todo lo inocente que pude.
-No está. Le han trasladado hace ya un año. No hay nadie. Así que no hagas tanto ruido.
Y cerró la puerta.
Dos puertas cerradas. Y el ritmico tictac del contador de la luz. Casi parecia un latido. Una banda sonora.
Idiotaidiotaidiotaidiota eres idiota. Me repetía
Sí. Es cierto. Me contesté. ¿Y ahora qué?.
Y la luz se apagó.
Allí estaba yo, patética e irreal, en busca de un milagro absurdo. Y no quise moverme. No quise dar la luz, no quise que el tiempo pasara. Y seguí respirando con aquel latido.
Un olor a comida me recordó que la vida continuaba en alguna parte.
A pesar de eso, quise robarle unos minutos mas a la locura, y saqué los tres billetes que aquel tipo me habia dado (¿como indemnización?) y escribí con un boli tres mensajes en ellos.
Deslicé uno por debajo de la puerta de Santi. Metí otro en el cepillo de la Iglesia y me quedé con el último con la intención de gastarmelo cuando todo hubiera terminado.
Despues seguí caminando hacia mi casa despacio, muy despacio.
Ahora el tiempo era lo único que sobraba.
Aquella fue la última vez que fuí a casa de Santi.
Algunas veces aún imagino que sigue vivo.
domingo, noviembre 12, 2006
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