lunes, noviembre 13, 2006

Ternura

En la calle hay 20 grados y luce el sol. Sin embargo, la tele lleva ya tiempo anunciando la avalancha de cosas que estan a tu disposicion para regalar estas fiestas, y el corte Ingles ya ha empezado a adornarse. También debe haber algún lío con las luces navideñas en Madrid, por lo que dice el telediario.
Y sin embargo, en el norte, esta especie de verano otoñal sin fin que nos acompaña, no acaba de dejar cuajar el espíritu navideño.
Pero ayer me dí cuenta que sí, que ya se acerca la navidad.
El Olentzero ha comenzado a dejarse la barba.

No se quienes o cuando se fijaron en él para representar al Olentzero en el pueblo. Pero la tradición lleva ya unos cuantos años. Le eligieron porque realmente era la imagen del Olentzero, ese aldeano carbonero que cada año baja del monte a repartir regalos a los niños y carbón a las casas, para calentarse en invierno.
Y cada 24 de diciembre, vestido de aldeano, se pasea con un carro de juguetes por todo el pueblo, con una pipa entre los dientes y siempre en silencio. Mientras todos los niños le persiguen y le cantan, montando un gran alboroto, a la espera que den las 5 y media de la tarde, cuando reparte los juguetes llamando personalmente a cada niño.
La emoción no puede ser mas grande, aunque sólo sea un juguete el que se entrega por niño. Hay una gran aglomeración de niños nerviosos y mucha expectación en esa fría tarde de diciembre, normalmente caldeada con castañas asadas que se reparten entre la gente, y con todo el buen ambiente que reina ese día.
Durante todo el año es frecuente tropezarte con él en el pueblo, y es siempre muy agradable pasar un tiempo hablando con él de los mas variopintos temas.
En noviembre comienza a dejarse la barba, y pasadas las fechas, se la afeita. Así, los niños no pueden reconocerle aunque se lo encuentran constantemente aquí y allá.
Bueno, pues ayer le vi. Y este año, tiene ya una barba bastante cana.
Estaba sentado en silencio en una mesa del txoko, y me sonrió con sus ojos al verme pasar.
¿Ya estamos en noviembre?- Pensé.
Y yo también le sonreí, agachando un poco la cabeza, como en una reverencia.
Mi hija, que iba de mi mano, no le reconoció. Yo no dije nada.
Y al salir, me sentí contenta.

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