lunes, febrero 26, 2007

El traje de bodas

La Tía Digna se casó de negro, porque hacía poco que había muerto su padre y aún estaba de luto.
Por supuesto que fué la comidilla del pueblo, porque eso de casarse estando de luto, estaba muy mal visto. Y el luto entonces duraba como poco 5 años.
La gente no dejaba de murmurar, porque nada mas casarse con el Tío Floren, éste se marchó a hacer las Americas y ya no volvió mas por el pueblo. Dicen que llegó un telegrama anunciando su muerte apenas 9 meses después. Que justo fué cuando nació Paulino, el único hijo de la Tía Digna.
Creo que solo hay una foto de ella y es la que se hizo en el bautizo del niño, con el recien nacido en brazos, precisamente vestida con el traje negro de boda, para seguir el luto, ahora por su marido, ademas de por su padre.
Por desgracia, el niño murió poco después de muerte súbita, ese mal que hace que los bebés mueran mientras duermen.
Desconozco si los lutos antes se sumaban o se podian mantener de forma conjunta, como las condenas. Porque si sumamos ya serían 15 los años que la pobre Tía debía guardar riguroso luto. En cualquier caso, todo ese asunto no hizo mas que aumentar las habladurías y la Tía Digna apenas si salía de casa, por no encontrarse con la gente del pueblo.
Dicen que un día apareció un hombre que decia ser Florentino Izaguirre, el tío Floren, que habia regresado de las Americas a buscar a la Tía. Que todo aquel asunto del telegrama resultó ser un terrible malentendido, y que todas las cartas que le había enviado desaparecieron en algun punto entre Argentina y Navarra.
No se lo que ocurrió en realidad, lo que sé es que la Tía desapareció de la noche a la mañana llevandose consigo solo unos pocos vestidos entre los que no estaba desde luego aquel traje negro.
Recuerdo que alguna vez, de niñas, jugabamos a disfrazarnos con aquel vestido, siempre a escondidas de las tias que no querían ni ver el traje.
Ahora la casa está en venta. Las tías ya estan muy mayores y no pueden subir y bajar tanta escalera. Y arriba en el viejo armario de la alcoba alta está aún el vestido de boda de la Tía Digna.
Nadie lo quiere. Ni siquiera quieren abrir el armario para deshacerse de el.
Habían hablado de quemarlo, incluso con el viejo, viejisimo armario que lo custodia.

Ya tendría gracia que el vestido de boda de la Tia Digna terminase en eBay.

viernes, febrero 23, 2007

Y si el miedo

Y si el miedo aparece y te envuelve...
Recordé hace no mucho, cuando tuve que llevar de vuelta a su casa a una niña tras una de esas tardes de cine y hamburguesa, donde todo habia ido sobre ruedas y los recuerdos solo podían ser buenos, y entonces, ya de noche, nos pusimos a hablar de miedos.
Todo el mundo habló de sus miedos en nerviosas confesiones. Yo de la oscuridad, yo del demonio yo...
-¿Y tú Iratxe? ¿De qué tienes miedo?
-Yo del fuego.
Y había miedo en sus ojos.
Y me tendió la mano, agarrandome muy fuerte.
-¿Vivias cerca de los incendios en París?- le pregunté.
Ella asintió apretando la mano.
-Allí parece que hay fuego.- me dijo hablando bajo con su acento frances y sin soltarme la mano.
-¿Dónde?... no, no , no es fuego, es solo una farola... una farola que no funciona bien...
Era de noche y las farolas arrojaban una luz naranja pintando toda la calle de irrealidad. Y si, es cierto, una farola temblaba y podía parecer que había llamas reflejandose en una pared.
Noté su miedo a través de su mano. Vi los incendios en sus ojos y sobre todo, cómo debia sentirse una niña que, como ella, no podía andar si no es con ayuda de dos bastones y desde luego, no podía de ninguna manera echarse a correr.
La ví sola en una ventana esperando a su madre con el incendio ante ella, y sin poder alcanzar sus bastones.
-Veras, -dije agarrandola fuerte de la mano.- vamos a dar una patada a esa tonta farola.
Fuimos andando de la mano, desacompasadas hasta la farola y le di una patada esperando que la vibración fijara la bombilla. Ella no podia dar patadas a nada, pero le dió un manotazo. Despues de unos intentos, la luz dejó de temblar y se volvió naranja y fija. De momento.
-¿Lo ves? No hay fuego.
La niña sonrió aún agarrada a mi mano, y yo en cambio, sentí deseos de llorar.
He recordado todo eso, porque hoy el miedo me atenaza a mi.
Un miedo imposible de desvelar, de esos que te ahogan en tu propia irracionalidad.
Busco una mano que me lleve a alguna farola, a ahuyentar mi particular miedo.
Pero no hay ninguna mano.
Aún.

martes, febrero 13, 2007

Espejismo

 

Nieve en invierno.
Posted by Picasa

El bocadillo de anchoas

Hay una historia que me gusta. Claro que no tiene por que gustarte a ti, por supuesto.
Esto eran dos niñas. Digamos de 10 y 12 años o por ahí. Merendaban tranquilamente sentadas en el bordillo de un portal pasando la tarde y conversando solo a ratos acerca de esto o aquello. Cuando de pronto se escuchó un atronador alarido al principio de la plaza.
-¡Estiiiiiiiiiiii!
La chavala mas pequeña se levantó como impulsada por un resorte.
-Oh, no. Mi hermano. Le he dejado el bocadillo de anchoas. Y él odia las anchoas. Y ahora viene a por mi...
Tras esta escueta y veloz explicación, Esti salió corriendo dando enormes zancadas tratando de poner tierra de por medio.
Y ante mis ojos, todo un espectaculo. Su hermano tenía fama de ser uno de los mejores corredores de la plaza, y era un par de años mayor que ella. (Y si nos ponemos a hacer confesiones, a mi me gustaba). Así que estaba claro que él la atraparía. Pero ella no se quedaba atras corriendo.
La plaza no es que fuera muy grande, pero cada vez que el estaba a punto de darle alcance, ella hacía un quiebro, le esquivaba y seguia corriendo en otra dirección.
Yo les seguía con la mirada, con el bocadillo en la mano.
Por fín, el alcanzó a su hermana y le propinó una serie de digamos... toñejas, hasta que consiguió hacerse con el resto del bocadillo.
Ella volvió hasta el portal frotandose la cabeza y con cara de fastidio.
-Corres mucho, Esti.
-Debería correr más.
-Si, yo creo que de mayor podrías ser corredora.
-Depende de los bocadillos de anchoas que haga mi madre....
La historia me gusta porque hace unos años descubrí en el periodico que la chica en cuestión era una joven promesa del atletismo, con varias carreras ganadas y un futuro prometedor.
-Vaya. Parece que si que puso muchos bocadillos de anchoas , por lo visto...- pensé.
Por cierto. Nunca llegué a nada con su hermano.

lunes, febrero 05, 2007

Las cosas del fondo

Hablabamos con un marinero, en la misma orilla de la playa.
Tendría cerca de 70 años, y la piel muy morena. Mucho. Y los ojos muy azules.
Mientras hablaba, lucía una sonrisa propia de la gente experta, con deseos de contar historias. Y a mi me gusta que me cuenten historias, así que no paraba de hacerle preguntas.
Contaba cosas como que podía oler las medusas. Que dejaban un olor en el ambiente imposible de confundir. Y no, no había medusas en ese momento cerca. Hablaba de lo fácilmente que morían, ya que no tenian huesos ni nada, y solo con lanzarlas al agua desde la borda, ya estaban muertas. Claro que seguían picando.
Mi cara de interés le animó a seguir hablando, y entonces dijo que una vez había matado a un delfín.
-¿Por qué?
El miró a esa línea difusa del horizonte, y vaciló al contestar.
-No se... supongo que es fácil matar a algo bonito..., no creas que es algo que me gustara hacer...
Yo también fijé la vista en el incierto horizonte esperando que aquella frase desapareciera de mi cabeza. Pero me dí cuenta que no desaparecería.
Aquel era un buen hombre, de eso no me cabía duda.
Lo que pasa, es que a los 70 años el corazón de un hombre encierra muchos secretos. Alguno siempre se escapa.

La caja mágica.

Erase una vez una caja mágica. No era una caja muy grande, pero para eso era mágica, ¿no?
Cada vez que uno abre la caja, aparece todo aquello que quieras. ¿He dicho quieras?, no, no. No es así.
Aparece todo aquello que necesites.
Una vez la abrió un pobre y apareció dinero.
Otra vez la abrió alguien que tenía mucha hambre y apareció un bocadillo.
Un hombre muy rico oyó hablar de esa caja, y consiguió abrirla, pero no encontró nada.
Un día la abrí yo y apareciste tu.
Ya no he vuelto a abrirla nunca mas.