Confieso con pudor que uno de mis entretenimientos favoritos mientras friego los cacharros es observar a los vecinos de la casa de en frente. Así es que me conozco las costumbres y usos matutinos de cada uno de ellos, resultando en ocasiones, realmente interesante.
Por ejemplo, no es dificil llegar a la conclusión de que el tercero derecha necesita una reforma integral antes de entrar a vivir, tal es el estado de dejadez en el que se encuentran sus persianas.
En el quinto, en cambio, vive un señor que acostumbra a pintar al oleo en el balcon. Nunca he podido ver lo que pinta, pero resulta asombroso verle acomodarse en un espacio tan pequeño sin que se le caiga nada a la calle.
En el segundo derecha, vive una abuela y lo que podria ser su nieta. Una jovencita entrada en carnes siempre malhumorada. Apenas hablan y la chica(que debe rondar la veintena) acostumbra a pasearse muy ligera de ropa por la habitación mientras habla por telefono. A veces parece hablar sola. La tremenda colección de ropa interior tendida en el balcón hace pensar que esa chica se cambia de bragas varias veces al día. Y su vecino de al lado, un venerable y orondo señor de entre 75 y 90 años, no sabría decir, se asoma hasta rozar la insensatez solo por ver a la muchacha(no creo que sea por la abuela, pero quién sabe) o tal vez se conforme con echar un ojo a la colorida exposición de ropa interior tendida en el balcón.
Pero sin duda, la reina de todos es la del cuarto derecha.
Aparece de mañana, sacudiendo sábanas y ventilando la casa. Su frenesí por la limpieza es extraordinario. Puede verse como da la vuelta a toda la habitación, sacando nubes de polvo por la ventana y limpiando cristales y persianas escrupulosamente.
Llevo 10 años en este edificio y ni un dia ha faltado a su cita con la bayeta. Y curiosamente, cuanto mas limpia tiene la casa, mas flaca se queda ella.
Ahora que llega el buen tiempo y viste ropas mas ligeras, puede verse como sus brazos son practicamente huesos. Las clavículas se le hunden tanto que da la sensación que va a romperse con cada esfuerzo.
Pero ella, infatigable, sigue afanandose en la limpieza diaria. Sus blanquísimas persianas son la envidia de todo el barrio, mientras da la sensación que ella está desapareciendo.
El otro dia me la encontré de casualidad en una tienda de ropa de niños. Se estaba probando una camiseta de la talla 16 y aún así, le quedaba holgada. Se miraba en el espejo tratando de acomodarse la camiseta, pero no acababa de convencerse. Se cambiaba de pose, se la estiraba para alante, para atras...
Entonces, frunció el ceño y sacó de un bolsillo una toallita. Ante mi sorpresa, echó el aliento en el espejo y lo frotó hasta quitarle una pequeña mancha. Una vez el espejo estuvo impoluto, ella sonrió y parece que ya se vió bien con la camiseta nueva.
-Me la llevo.- dijo a la dependienta con una sonrisa.
Está claro que todo depende del color del cristal con que se mira, o en algunos casos, de lo limpio que esté.
lunes, mayo 07, 2007
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