La conozco de vista, desde hace un tiempo. Bueno, y también el resto del barrio, claro.
Tiene unas piernas largas, larguísimas, tan perfectas que parecen imposibles, casi siempre embutidas en ajustados vaqueros que marcan sus redondeces rayando el escándalo. Y que decir de su melena, rizada y abundante, hasta la cintura, luciendo un brillo y desprendiendo un aroma tan sutil que dan deseos tocar o cuando menos, aspirar. Para colmo, es bellísima, como si se tratase de una muñeca, siempre perfectamente maquillada, desprendiendo dulzura por todos sus poros.
Tan perfecta es que siempre la he envidiado, a pesar de que no se nada de ella. Si está soltera o casada, o si tiene novio, o si le va bien en la vida, o si es feliz. Da igual.
Bueno, pues el otro dia, me la encontré en el metro. Ya era tarde, de regreso a casa, mientras yo viajaba con otras caras cansadas y silenciosas.
Esperaba sentada en un banco de la estación, confiando que el cartel luminoso que anunciaba el proximo tren para dentro de 5 minutos, no estuviera burlandose de nosotros.
Y entonces apareció ella. Sus andares seductores hicieron volver la cabeza a los últimos viajeros del día, regalandoles una provocativa imagen en la que pensar para terminar la jornada. Sin titubear, ella se sentó a mi lado. No llevaba vaqueros esta vez, sino una falda tubo con una impresionante abertura que no hacía mas que alargar aún mas sus piernas.
Tenía unos zapatos preciosos, de tacon de aguja y puntera afilada, con una coqueta hebilla que dibujaba unos pies perfectos como debían ser los de cenicienta.
Entonces, ante mi estupor, se dirigió a mi pidiendome un kleenex.
-Si, claro.... toma- dije automáticamente, tendiendole todo el paquete. (Cada vez que me piden un kleenex, siempre doy todo el paquete, no se por qué).
-No, no, solo quiero uno, muchas gracias.- dijo sacando rápidamente del paquete un pañuelo y recortandolo con gran habilidad.
Ante mi sorpresa, se quitó un zapato y la media de cristal que le llegaba hasta medio muslo, y habilmente se hizo una funda de papel para uno de los dedos del pie mientras se explicaba:
-Estos zapatos me hacen mucho daño... además, tengo una ampolla y se me ha reventado, y ahora esta todo lleno de agüilla...
Todos esos detalles en realidad, me estaban sobrando, pero aún asi, mentí:
-Si, claro, es normal.... a mi tambien me pasa...
Volvió a colocarse la media, el zapato, y se puso en pie para entrar en el metro. Sus andares cadenciosos, su porte impecable. Encontró asiento y cruzó sus piernas al sentarse.
-Desde luego, - me dije mientras pensaba en el par de tiritas que tenía en el bolso - hay que ver que zapatos mas bonitos...
lunes, marzo 12, 2007
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