Recuerdo que la primera vez que preparé un bizcocho no estaba sola del todo en la cocina.
Era una tarde de verano, de esas de mucho calor, donde hasta el aire se vuelve pegajoso y se te queda en el cuerpo una sensación de humedad que no se va aunque te pongas debajo del ventilador o te des una ducha.
Todo el mundo parecía haber abandonado la ciudad, No había nadie en casa, y el aburrimiento hizo el resto.
Si señor.
Cocinaría un bizcocho.
Al abrir la ventana de la cocina ví como se movian las cortinas de enfrente. Era Carlos, el vecino. Sabía que me espiaba a veces, (y mas aún en ese aburrido y largo, laaargo verano). Pero lejos de molestarme, aquello me divertía y decidí apartar las cortinas dejándole una buena vista de lo que pasaba en la cocina.
Harina, huevos, leche... lo tenía todo. Lo que mas me costó fue encontrar fue el bol. Necesitaba un bol donde hacer la masa. Lo había visto miles de veces en la tele. Tuve que subirme en una silla y revolver los cacharros hasta que apareció uno adecuado. El esfuerzo hizo que el sudor empezara a correr por la espalda y me recogí el pelo en una coleta.
En frente, la cortina se movió, seguramente Carlos buscaba una postura mas cómoda para seguir observandome.
Mi inexperiencia hizo aparecer una nube blanca al verter de golpe la harina y me hizo toser. Miré alrededor deseando que mi querido y no invitado vecino no se hubiera percatado de mi torpeza. Para arreglarlo, casqué los huevos con firmeza, separando las yemas de las claras bastante profesionalmente, me atrevería a decir.
Despues de añadir las yemas a la harina me puse a batirlas enérgicamente, empeñandome en hacer un esponjoso bizcocho solo con la mitad de los ingredientes.
Por más fuerza con la que le daba, mas espeso me quedaba. Hasta que me dí cuenta. No le había puesto la leche.
El horno que ya llevaba unos diez minutos encendido, no hacía sino aumentar la temperatura, y en ese momento, ya tenía la camiseta de tirantes completamente pegada a la piel. Empecé a pensar si no hubiera sido mejor hacer otra cosa. Pero ahora no podía echarme atras, tenía que terminarlo. Asi que lancé una mirada a mi curioso vecino, que se habia asomado ahora sin pudor y no quitaba ojo de mis enérgicos movimientos al batir la mezcla. Por fin y tras añadir despacio la leche, batiendo de vez en cuando, la masa para bizcocho consiguió la densidad adecuada, y la probé metiendo un dedo en el recipiente. Mi lengua en seguida dió la voz de alarma al saborear la mezcla.
Azucar.
Está bien, le pondremos azucar. Pensé.
Acalorada como estaba por el calor de la tarde, mis afanados esfuerzos al batir y el despiadado horno, que seguía escupiendo calor, me puse a abrir todos los armarios en desesperada busqueda del azucar. Arriba. Abajo. En medio... Otro... otro mas.. ¡Ah!, ¡si!, ¡ahi!, ¡al fondo!. Era cuestion de estirarse un poco mas...
Una vez añadidas 6 cucharadas de azucar, vertí la cremosa mezcla en un molde y tras probarlo de nuevo, lo metí en el horno.
Esperé los 20 minutos asomada a la ventana, en busca de algún aire fresco que viniese de la calle, pero sin conseguir alivio a mi calor. El vecino aprovechó para, con aire descuidado, saludarme, como si acabara de verme por casualidad. El dulce y penetrante olor del bizcocho acompañó nuestra conversación hasta que la campanita del horno dió el aviso.
Rápidamente, lo saqué del horno entre una nube de calor.
Olía deliciosamente. Casi escandalosamente. Y me alegré de haber pasado tanto calor entre cacharros, harina y leche. Para terminar, lo cubrí con mermelada de arándanos, esparciendo minuciosamente por todas partes toda la que tenía en la nevera. Aún pude rebañar el bote con los dedos.
Un toque de azucar glacé coronó aquel inesperado bizcocho de verano, que dejé en la ventana con una sonrisa.
El vecino me premió con bien merecido un aplauso.
Ninguno de los dos comimos bizcocho aquella tarde. Pero el intenso y delicioso aroma envolvió toda la vecindad, y aún se olía al final de la noche, dando la bienvenida a aquellos que habían pasado fuera aquel caluroso día.
martes, marzo 20, 2007
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