martes, enero 30, 2007

El color de la miel

Dicen que Otsaila es el mes del frío. Otsa-frío ila-mes. Febrero. Como frío hacía esa noche del recien estrenado Febrero, en la que nací.
Por lo visto, no era suficiente la manta que habían traído para abrigarme, así que mi abuela, no se lo pensó dos veces y me envolvió en su negra toquilla de viuda.
Alguien debió de decirle que envolver a un recien nacido en algo negro traería mala suerte, pero mi abuela, haciendo gala de su habitual desprecio hacia todo comentario ajeno, replicó que no conocía ninguna prenda de abrigo que trajera mala suerte.
Y así envuelta en aquella toquilla de lana negra salí de la maternidad. Por lo que dicen, a pesar de los esfuerzos de mi abuela, al llegar a casa yo tenia las piernas amoratadas de frío y costó mucho hacerme entrar en calor al lado del brasero.
Pero parece ser que finalmente entré en calor dispuesta a pasar mi primera noche en aquella vieja casa, y dentro de la vieja cocina, con su vieja pila de fregar, la vieja chapa de carbón, los viejos armarios de formica verde clarito que hacían tac al abrirse y tac al cerrarse, con el viejo olor a techo viejo, a paredes viejas y a viejo suelo, separada de mi madre que siguió ingresada en el hospital aún varios dias más.
Mi abuela no quiso dejarme allí. Decía que las monjas eran todas unas brujas que no se quedaban a gusto hasta ver agonizar a todo paciente que cayera en sus manos, seguramente para purgar así los pecados que sin duda, eran los causantes de su enfermedad.
No se, pero a juzgar por fotos de la época sacadas en aquella Maternidad, puede que no estuviera tan descaminada al pensar así.
Otro de los problemas de aquella noche, era mi pertinaz silencio, nada normal para una criatura con solo unas horas de vida.
Un recién nacido debería tener hambre, tenía que llorar. pensaba mi abuela. así que intentó amamantarme con un biberón de leche de vaca ordeñada el dia anterior (o puede que antes), la rebajó con agua, la endulzó con azucar... sin ningun resultado, ya que yo seguía empeñada en mantenerme callada y sin ganas de comer.
Fue un biberón de leche condensada el que me devolvió a la vida, y el que hizo que arrancara a llorar. Leche condensada. ¡Con lo prohibido que está eso hoy!...
Sea como fuere, mi abuela interpretó aquel llanto como buena señal así que me dejó en la pequeña cuna, aun envuelta en la toquilla negra, llorando desconsoladamente.
Entonces me miró y dijo en voz alta:
-Niña, ahi envuelta en ese trapo negro y llorando parece que nunca vas a ser felíz.
Se que es imposible que yo oyera aquellas palabras, menos aún que las recuerde.
Dicen que si se lo que pasó es porque despues me contarían toda la historia. Pero entonces, si es así, ¿cómo es que recuerdo como mi abuela no dejaba de mirar por la ventana? había hielo dentro de los cristales, y ella raspaba con las uñas la escarcha tratando de vencer el terrible frío de afuera. Y recuerdo el resplandor anaranjado del brasero que se reflejaba en el techo y en los ojos de mi abuela que brillaban con el color de la miel.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Parece mentira que hayamos llegado a mayores envueltos en toquillas negras, tomando leche condensada, ascándonos las rodillas en el suelo, yendo en bici sin casco... Aquellos eran otros tiempos.

Precioso, como siempre. Un beso.